Semiótica

Posted on 10 agosto, 2011 by JPN.
Categories: Colaboraciones, curiosidades, Oculto, Varios.

   

¡Ya está! ¡Ya está JPN diciendo palabrotas! ¡Inventándose palabras y taladrándonos el cerebro! ¿Que le hemos hecho para que nos odie tanto?

Pues realmente nada. Este es otro de esoso artículo que de cuando en cuando desempolvo y que tienen una antigüedad relativa…

Símbolo, del latín symbŏlum, y éste del griego σύμβoλoν.

 

El símbolo es la forma de exteriorizar un pensamiento o idea, así como el signo o medio de expresión al que se atribuye un significado convencional y en cuya génesis se encuentra la semejanza, real o imaginaria, con lo significado.

 

Afirmaba Aristóteles que no se piensa sin imágenes, y que: simbólica es la ciencia, constituyendo ambas las más evidentes manifestaciones de la inteligencia.

 

Por otra parte, y sin género de duda alguna, podemos afirmar que un símbolo es la representación perceptible de una idea, independientemente de las convenciones socialmente aceptadas, aunque la perversión impuesta del lenguaje se empeñe en hacer imperar el concepto contrario.

 

El símbolo, es un signo sin semejanza ni contigüidad, que solamente posee un vínculo que trasciende lo convencional entre su significante y su denotado, además de una clase intencional para su designado.

 

Los símbolos son grafías (acompañadas de prefijos tales como “lito”, “picto”, e incluso psico), con significado propio, de los que podemos decir que, a su vez, son distintos del icono en tanto que se nos presenta como una suerte de arquetipo de aquellos que nos hablaba Jung en sus trabajos,  o de aquellas formas sustanciales que nos comentaba Platón en sus obras filosóficas en oposición al conjunto de símbolos que conforman el icono. Si se quiere, se puede hablar también de las representaciones de los universales que se trabajan en diversas ramas de la filosofía.

 

A tenor de lo dicho, y para no liarnos, convendría establecer la diferencia entre el símbolo y el signo, aunque de forma eventual (no ahora, sino en lo coloquial de nuestras conversaciones), utilicemos ambos como sinonimias.

 

El símbolo se diferencia con respecto del signo, en que sólo es entendible o interpretable por seres inteligentes, ya que al contrario del signo – que es específico y señala un concepto concreto – el símbolo engloba y aglutina diversas cualidades.

 

De ahí el asunto de los universales.

 

Es por ello que los símbolos tienen un carácter universal frente a los signos que tienen un carácter local, pues su significado varía dependiendo del pensamiento convencionalmente aceptado, aquello que llamamos cultura (y que en realidad no es más que Doxa).

 

Por ejemplo: La grafía que designa a la letra “A”, para nosotros representa un sonido ligado a la comunicación mientras que para un coreano este signo es una cosa indescifrable e ininteligible, a menos que se haya familiarizado con los rudimentos de nuestra lengua, y por ende de nuestra cultura. En contraposición, si dibujamos un círculo del que se proyectan una serie de rayos, nuestro interlocutor coreano sabrá exactamente que nos estamos refiriendo al Sol, manifestándose así la calidad de universal que el símbolo, en oposición al signo, tiene.

 

Como contrapunto a este ejemplo diré que, por ejemplo, los gorilas y algunos otros animales pueden entender lenguaje de signos asociados a conceptos siempre que se les enseñe, quedando un tanto “in albis”, si son capaces de interpretar símbolos (Más información al respecto en el proyecto Koko de Francine Patterson).

 

Hecha esta aclaración, convendría ver los puntos comunes entre el símbolo y el arquetipo.

 

Según el diccionario de la Real Academia Española, arquetipo es una imagen o esquema congénito (innato si se quiere), que teniendo valor simbólico forma parte del inconsciente colectivo. Aunque bien es cierto, que en otra acepción podemos definir al arquetipo como: “un tipo soberano que sirve de ejemplo al entendimiento y voluntad humano.”

 

De los símbolos decían los antiguos – y los modernos también – que eran abstracciones, y quizás el término abstracción nos clarifique más que ningún otro la función del símbolo. Cuando hablamos de abstracción nos remitimos a la separación, por medio de una operación intelectual, de las cualidades de un objeto o hecho dado para considerarlas aisladamente a fin de discurrir y comprender dicho objeto o hecho en toda su esencia.

 

Dicho esto en un lenguaje más moderno, el símbolo puede definirse como una especie archivo comprimido de información, dentro de lo que es la comunicación humana, susceptible de ser ampliado en contenido a niveles inimaginables (y con esto me refiero a una escala infinitesimal) sin, por ello, modificar su apariencia. Definición que incluso podría ampliarse aún más diciendo comunicación “inteligente” en lugar de “humana”, con todo lo que ello implica…

 

Actualmente, lo que de común conocemos como simbología tiene más de semiótica que de simbología, pues se centra más en el estudio y composición de signos que de símbolos. No obstante nos es válido para entender la simbología. Y también para cifrar de algún modo un conocimiento que ya verán porqué…

 

A tenor de lo que propugna la semiótica, podemos decir que en las muchas etapas que componen la evolución, en la forma de comunicación humana, del desarrollo del lenguaje y los pictogramas y señales abstractas, los símbolos como sistemas prealfabéticos son anteriores al lenguaje mismo.

 

Si se quiere, también se puede decir que los símbolos forman parte de un lenguaje pretérito y común a la totalidad de los seres humanos, una especie de lengua madre que hunde sus orígenes en la noche de los tiempos.

 

Pero su utilidad no es menor entre las formas de comunicación verbales o alfabetizadas: “Au contrarie mon ami”, de hecho es mayor. La sola utilización de un signo en un escrito varía su cadencia, su ritmo, su entonación el énfasis y la totalidad del significado. Ejemplo de ello son los signos de puntuación, interrogación y exclamación, así como las tildes, diéresis y circunflejos.

 

En una sociedad tecnológicamente desarrollada como en la que vivimos actualmente, dada una exigencia de comprensión inmediata, los signos y símbolos son muy eficaces para producir una respuesta célere. Su estricta atención a los elementos visuales principales y su simplicidad estructural, proporcionan facilidad de percepción y memoria, constituyendo una forma rápida y eficaz de acceso y retentiva de las diversas informaciones.

 

En la comunicación, los símbolos, por lo general, aparecen en estructuras carentes de lógica. A veces requieren un planteamiento intuitivo que haga entendible su sentido y que, por consiguiente, los haga susceptibles de una interpretación acertada.

Muchos son los que hoy piensan que saben simbología, cuando en realidad están hablando de las deformidades preceptúales que lo retorcido e interesado que sus pensamientos le conducen a ver. Basándose estas percepciones más en la doctrina de un dogma o ideología que en los hechos concretos inherentes al símbolo observado. Y eso sin contar la semiótica de la que nunca jamás habrán oído hablar, por supuesto. Dicen tener sus conocimientos bien fundamentados, pero no van más allá de dos páginas webs, tan enfermas como ellos, y otros dos  escritores (tenidos como autoridades infalibles), que adolecen del mismo mal.

 

Volviendo al símbolo (después del rapapolvo), la intuición, inspiración, resolución creativa de problemas…, como quiera que queramos llamar esta actividad no posee ninguna lógica, ningún patrón previsible, por lo menos no en principio.  Y por esto es que los embaucadores hacen de su capa un sayo.

 

De la organización de los signos inconexos surge la liberación de la lógica hacia el salto de la interpretación.

A esto, comúnmente, lo llamamos inspiración, pero en realidad es una forma particular de inteligencia. Siempre, claro está, que no este viciada de lo que creemos que es en lugar de lo que realmente es.

 

Esta aptitud es esencial para cualquiera que deba organizar información diversa extraayendo el  sentido de la misma, dando sentido así a aquella famosa frase que reza: “A menudo, la inspiración nos encuentra trabajando”.

 

Los símbolos pueden componerse de información realista extraída del entorno, fácil de reconocer, por ejemplo una señal de evacuación o de peligro por derrumbamiento; o también por formas, tonos, colores, texturas o elementos visuales básicos (abstracciones, si se prefiere) que no guardan ninguna similitud con los objetos o hechos del entorno natural, por ejemplo un signo de interrogación o un signo de exclamación.

 

Cosas que hoy en día son tildadas de “satánicas” pese a tener una antiguedad que llega a doblar cualquier principio de teoría “satánica”. Y es que sectarios hay muchos.

 

Existen muchas formas de clasificar a los símbolos; pueden ser simples o complejos, obvios u oscuros, eficaces o inútiles. Su valor se puede determinar según (y hasta)  donde puedan penetran – y quédense con esto que es importante – dentro de la mente pública en términos de reconocimiento y memoria.

Cosá esta que pretendo contar más adelante.