Magna Veritas

    

Es mi fin presentar en este artículo – ahora que conocen algo acerca de la ontología y la epistemología – una disertación sobre la verdad y lo que he llegado a entender por ella y de ella (o al menos en parte). Dado que el tema es un poco, o un mucho, complicado, recomendaría que al menos se leyera, tranquilamente, un par de veces.

En alguna ocasión me habrán oído decir aquello de: “No estoy en posesión de la Verdad Absoluta”. Y bien cierto es. La Verdad es un concepto tan amplio y tan grande que difícilmente, humano o meta-humano puedan abarcarlo por entero (al menos de momento). Esto no quita que paso a paso, generación tras generación el ser humano vaya armando el puzzle y comprendiendo nuevos grados de la misma. Aunque a este respecto he de confesar que, todavía y a nuestro pesar, nos encontramos en pañales.

Dicho esto, la palabra “verdad”, suele emplearse para designar cosas tales como la honestidad, la buena fe o la sinceridad humana. También se emplea para expresar el acuerdo de los conocimientos con las cosas que se afirman como realidad – hechos y cosas – así como la relación de los hechos o las cosas en su conjunto en la constitución del TODO.

Expresado de una manera más académicamente correcta, podría definirse a la verdad como “el juicio o proposición que no puede ser negado racionalmente” (a este punto les recuerdo acerca del artículo “Dógmata” o su complementario “Credendo Vivis”).

El término “verdad”, como tal, no tiene una única definición que consensue un acuerdo entre los estudiosos, y las teorías sobre la verdad continúan siendo ampliamente debatidas. Sobre todo a raíz de tres axiomas (paradigmas de lo que es absoluto) que rezan: “Todo es relativo”.”No existe la Verdad Absoluta”. “Cada uno tiene su propia verdad”.

Por aquello de las distinciones entre diferentes verdades (por cierto no hay nada más pedante que hablar de “tú” verdad o “mí” verdad; la verdad no es de uno), les contaré lo siguiente:

Desde un punto de vista clásico y general, para los hebreos la verdad es sinónima de seguridad y confianza, para otros la verdad es sinónima de desvelamiento, esclarecimiento, conocimiento. Para los romanos la verdad se expresaba en la correspondencia entre lo que se cree, lo que se dice y lo que es. Por su parte, para los griegos, la verdad es idéntica a la realidad, y esta última era considerada como una identidad que consiste en lo que permanece por debajo de las apariencias que cambian. Siendo que no es la realidad sino su percepción la que varía. Además consideraron la verdad como la conjunción o separación de signos (palabras, lenguaje) que hacen significados verdaderos, entendiéndose que no todas las proposiciones, oraciones  y razonamientos lo eran.

A menudo ocurre, con respecto de los grandes conceptos – en este caso la verdad – y las palabras que los expresan, que todos creemos saber que son y cómo tenemos que usar los términos que los significan, con tal de no tener que explicarlos. Esto es crudo, pero es así. Por ejemplo el mal llamado “Amor”. Palabra esta que mal usamos para definir conceptos tales como la bondad, la honestidad, la generosidad, la armonía e incluso la propia verdad. Cosas estas que siendo distintas del amor y las unas de las otras, coloquialmente son metidas dentro del mismo saco.

Las preguntas sobre la verdad son un clásico de la filosofía y han sido objeto de debate entre teólogos, filósofos, lógicos, pragmáticos y toda una pléyade de estudiosos que a lo largo del correr del tiempo lo han considerado un tema concerniente al alma (en caso que tal cosa existiera y, por ende, fuera cierta y “verdadera”).

¿Qué es la verdad? ¿Que la constituye? ¿Es la verdad objetiva o, por contra, subjetiva y subjetivable? ¿Verdad Absoluta o diferentes verdades? ¿Cómo, cuándo y de qué manera (criterios empleados), podemos mesurarla y definirla? ¿Posee el ser humano un conocimiento ínclito o, por el contrario, tiene que adquirirlo?¿Es la verdad cognoscible o, por contra, incognoscible?

Como pueden ver las preguntillas se las traen. Pero es necesario hacérselas. Interrogarse uno e interrogar acerca de. Sólo alcanzando consenso se puede definir el objeto de la observación sus propiedades y comportamiento en base a los estímulos que pudiera recibir. Esto es la relación entre los hechos y las cosas con otros hechos y otras cosas. Lo que se define como realidad.

Existen varios enfoques sobre el asunto de la verdad. Y es en el rechazo de la misma – emulando a Descartes – donde encontré la manera de enfocar tan especial asunto.

Por un lado están aquellos que rechazan la posibilidad de un conocimiento verdadero, tendentes a rechazar cualquier sentido de verdad que no sea la experiencia inmediata en sí misma y para uno mismo, no reparando en que tal cosa – que no evita el aprendizaje – evita la enseñanza. Siendo que la única forma de aprender algo es en carne propia. Y esto quizás sea así, pero sin el estímulo del enseñante, difícilmente voltearíamos nuestra atención con respecto de ciertos asuntos más o menos trascendentes, en los que nos hallamos involucrados de lleno incurriendo en error más a menudo de lo que pudiéramos permitirnos. De hecho, hace quinientos años se nos podía comer un lobo.  Pero la cosa no queda ahí. El enseñante pude ayudarnos a corregir lo erróneo de nuestras percepciones o, por lo menos, orientarnos a la hora de entender como percibimos la realidad.

Existen también los que rechazan la existencia de “entidades mentales” (de las que se tratan en psicología o filosofía, nada de egregoros o manifestaciones de otro tipo), y que por tanto rechazan que las creencias actúen como portadores de verdad. Cosa esta que no es cierta en el sentido en que la creencia, cuando está fundamentada en datos objetivos – no en dogmas, ni ideologías – suele revelarse como una predicción de acontecimientos hasta ese momento ignorados.

Siguiendo con el asunto de los rechazos, están los que niegan la existencia de entidades abstractas y, por tanto, a las proposiciones como agentes portadores de verdad. Cosa que, a su vez, niega la probabilidad, los números, los conjuntos e incluso el pensamiento. Cosa que tampoco veo muy acertada puesto que la opinión, cuando está sometida a los criterios racionales, justifica la verdad de su contenido ya sea en el campo de la ciencia, la crítica racional y la creencia objetiva (sin sesgos cognitivos tales como la convicción o el prejuicio).

Luego vienen los que no consideran las oraciones-caso como agentes portadores de verdad. Un error muy común dentro de los procesos lógicos (retóricos y dialécticos) que incurren en falacia. Siendo que la falacia – dentro de un contexto filosófico – sólo es un error en el planteamiento o una conclusión que resulta en una sentencia falsa, por lo general, que no por ello en una mentira dado que no existe intención de engaño.

Y para concluir están los que rechazan la verdad en sí por considerar a ésta una virtud moral presente en el sujeto que se muestra auténtico y sincero, así como coherente. Dependiendo en cierto modo del individuo en lugar de estar vinculada a una existencia independiente de este. Cosa que no me acaba de convencer puesto que los planetas seguirán girando incluso después de nuestra muerte (la suya y la mía). Dicho de otro modo: La realidad es independiente del observador.

Todo este rollo macabeo me ha servido para concluir  que cuando se habla de la verdad, forzosamente se ha de hablar de ella desde el conjunto de los campos de la ontología, la lógica (junto a la matemática, por supuesto), la epistemología y en último grado de la ciencia (como ya saben, conclusión consensuada y verdadera de la epistemología).

Sólo al hablar desde una de estas parcialidades (y/o las parcialidades dentro de éstas), es cuando el individuo entiende cada grado o aspecto de la verdad como una verdad independiente y relativa.

En el menos malo de los casos, en el que se hace distingo entre diversas verdades, encontramos que tales verdades se diferencian en dos grupos. Uno trata de la verdad en el conocimiento y en su expresión; el otro se refiere a la verdad en la conciencia y de la acción.

La verdad lógica o del pensamiento se sintetiza en que un pensamiento es verdadero cuando coincide con la realidad. Así es la definición clásica: verdad es la adecuación de lo entendido – o del entendimiento – con el objeto (cosa). En tal caso, la comparación se establece entre lo pensado y la realidad. Por ejemplo: Dada la situación económica actual – y dado que su carácter es global – se pueden adivinar ciertas dificultades futuras.

Por otro lado, aunque relacionado con la verdad lógica, la verdad en el lenguaje compara el pensamiento con su manifestación externa mediante palabras, letras, gestos y signos. Habiendo verdad en las palabras cuando lo expresado coincida con lo realmente pensado. Por ejemplo alguien que no se sabe explicar tenderá a incurrir en error de una forma más amplia que otro que sepa. De ahí que exista una deliberada manipulación del lenguaje. No conocer el significado de la palabra conlleva al error en el planteamiento. De ahí que en no pocas ocasiones suela referirme al diccionario de la Real Academia Española, compendio del lenguaje castellano, para saber de lo que hablamos en base a lo que entendemos. Creo que huelga decir que creer, en el sentido de seguir ciegamente un dictado – no en el sentido de predecir o conjeturar – no es lo mismo que pensar.

No obstante, nos gusta la grandilocuencia y emplear terminologías que ni siquiera sabemos que significan. Acrecentándose el problema a la hora de discernir el asunto de la verdad.

La verdad en la conciencia y en la acción comparan el modo de comportarse que los seres reclaman, con nuestro juicio y acciones morales (generalmente vinculados a una doctrina). Siendo tomados como un valor, por ejemplo, la autenticidad, coherencia o sinceridad en la vida. Hay verdad en nuestra vida cuando actuamos de acuerdo a lo que pensamos que es bueno. Es decir, cuando somos coherentes. Cosa que objeto porque aun guardando coherencia se puede errar. Y si no fíjense en la cantidad de locos que somos frente a los cuerdos que mandan a morir a legiones de paisanos a países de los que ni siquiera saben donde se ubican. O esos otros cuerdos que en nombre de una voluntad superior han cometido y siguen cometiendo las más absolutas barbaridades. No hay nada más asqueroso (y entiéndase en toda su extensión), que un ser humano queriendo imponer lo que considera “su” verdad como un axioma, pero peor  que lo peor es que lo haga matando por ello.

Por otra parte, lo que pensamos como bueno será en verdad correcto cuando coincida con lo “realmente bueno” para los seres según su modo de ser establecido por su naturaleza y no con lo que creemos que es bueno. Por ejemplo: No hay maldad en matar a un animal y comérselo, puesto que va implícito en la naturaleza de algunos seres. Forma parte de la realidad. Si no fuera de esta manera el león, el lobo, la hiena, el águila, el oso, el jabalí, el tiburón, el delfín y hasta el chimpancé serían una suerte de engendros diabólicos que personificarían el mal, cuando en realidad sólo actúan según el producto de la evolución. Lo que sí sería malo sería matar por matar, no dar sentido al acto y por tanto no guardar coherencia. ¿Se imaginan que corte veinticinco lechuga, doce puerros y dos quilos y medio de patatas y los dejase pudrirse allí mismo?.

Desde el punto de vista de la epistemología, la base de la ciencia no es el pensamiento humano, sino la realidad. El científico no busca amoldar la realidad a sus pensamientos – cosa que el actual académico (el atiborrado de títulos en lugar de sapiencia), sí que hace, por ejemplo:  El Calentamiento Global – sino que intenta captar esa realidad siendo capaz de modificar sus pensamientos y opiniones para que afirmen lo que realmente es y no lo que se cree que es. Cada nuevo descubrimiento científico (tal cual andamos en dicho campo hoy día) no es sino una demostración de lo erróneo del planteamiento que con respecto de un hecho concreto teníamos hasta la fecha.  La verdad en la ciencia se apoya en la realidad y no en gustos personales. De ahí la importancia del secretismo con respecto a ciertos conocimientos. La ausencia de tal conocimiento en nuestra experiencia nos induce al error por falta de entendimiento entre unos que sí poseen tal conocimiento y otros a los que se les niega. Al que no sabe hay que enseñarle. Luego él verá lo que hace.

Por otro lado, y desde un punto de vista más metafísico, referido a la moral,  si quitamos el concepto de Dios (de lo divino, de la idolatría de un ente humano o meta-humano en oposición al principio rector “pneuma”), el fundamento de la moral no sólo se tambalea, sino que se cae y se hace añicos. La verdad en la moral se apoya en un código establecido – a menudo impuesto a sangre y fuego – fruto de la creencia en un dogma o ideología, no en circunstancias, experiencias y opiniones fundadas en la realidad. De hecho, los grandes monstruos de la humanidad siempre han sido “defensores” estrictos de la moral, considerando un ataque contra esta, la suya, todo lo que no fueran ellos mismos o los sujetos a los que controlaban.

Y ya que hablo del concepto de Dios, no puedo sino hacer referencia a Tomás de Aquino y su percepción sobre la verdad en la que si bien es entendida como “lógica”, es elevada a la categoría de trascendente. La verdad es entendida por Tomás de Aquino, como “adecuación del intelecto a la cosa”. Siendo que todo ente es verdadero (y con ente “entendemos” a la entidad cuya existencia es reconocida por algún sistema de ontología, sea concreta, abstracta, particular o universal). En este sentido decir que algo “es” o decir que “es verdadero” es lo mismo. Siendo que verdad y ser se equiparan. Por eso se dice que verdad es uno de los “trascendentales” del ser.

Para hablar de verdad, inevitablemente hemos de hablar de realidad.  Cuando hablamos de la realidad decimos de ésta que es verdadera frente a ser aparente. Existe la creencia de que tal cosa – la realidad – así pudiera serlo, aunque tal planteamiento hace punto de referencia a la realidad en lugar del individuo que la percibe, cosa esta que de ser al contrario revela que el punto de vista, el planteamiento, pensamiento y razonamiento del sujeto que percibe tal realidad son los aparentes o erróneos. No es que la realidad esté estropeada, es que no solemos comprender el modo en que la percibimos.

Ejemplo de esto es que hay quien expone que sin ojos no hay color ya que es el órgano que los capta. Pero ¿acaso no es que los cánidos ven en dos colores(blanco y negro, con un poderoso ajuste fino), los hombres en tres (tricomía RGB) y los reptiles en cuatro (aumentando su espectro con el infrarrojo y el ultravioleta? Si no hubiera nadie para mirarlo, el color seguiría existiendo. Sólo si la luz desapareciese dejaría de rebotar en los cuerpos.

En los demás casos decimos de una proposición o de un enunciado, que es verdadero.

La atribución y referencia es la posesión de una propiedad, como predicado atribuido a una creencia, proposición o enunciado, no a lo real.

De común predicamos que la creencia, proposición o enunciado es conforme o correspondiente a la realidad conocida. Aunque no tengamos ni la más remota idea de lo que realmente estamos tratando de expresar ya que esto implica, en esencia, conocer el conjunto de lo que hasta ahora creemos saber. Dicho de otro modo habríamos de saber de cada una de las disciplinas universitarias, de las profesionales, de las artes y aún de la vida y lo que la trasciende para poder hacer tal afirmación. Quitando algún que otro “conocimiento” sólo hablamos de la doxa (en oposición a la episteme), o lo que se supone que todos conocemos.

Por ejemplo, aquello de la planta “verde”. El universal “verde” condensa en sí el fenómeno por el cual un rayo de luz que incide sobre su superficie es reflejado (reflexión de la luz). Además del fenómeno de absorción diferencial en la superficie, por el cual la energía y espectro del rayo reflejado (verde) no coinciden con la del incidente (blanco). Viendo nosotros el color que es rebotado y no los colores que son absorbidos por la planta (verde). Dicho de otro modo, la realidad es que tal planta “verde” es de todos los colores menos verde, ya que este es el que refleja. De ahí la importancia de la epistemología, ya que sabiendo esto podemos afirmar que la verdad se halla en lo que permanece por debajo de las apariencias que cambian. Siendo que no es la realidad sino su percepción, la nuestra, la que varía. Entonces, de este modo, somos capaces de modificar nuestros pensamientos y opiniones para que afirmen lo que realmente es y no lo que se cree que es. Sabido esto, el universal “verde” condensa un paquete de información que de otro modo sería extremadamente largo y complejo de explicar. Imagínese que me acercase hasta una floristería y pidiera lo siguiente: “Un conjunto de esas flores, que no son ni esas ni aquellas otras – distintas de todos los objetos presentes – y que dadas la propiedades físicas de la reflexión de la luz (todas bien enumeradas, por supuesto),  aunque sólo seamos capaces de percibir la parte del espectro lumínico que reflejan, son de todos los colores menos rojo”.

Otro ejemplo que se me ocurre es el de la percepción del tiempo. Dado que un segundo es una unidad temporal fija (por eso pasa y se pierde), a unos se les alarga y a otros se les acorta. Si encima metemos la teoría de la relatividad la cosa parece complicarse. Y sólo lo parece porque dependiendo de la velocidad, un segundo puede ser mejor o peor aprovechado (aumentándose la capacidad de obrar), pero el segundo seguirá siéndolo. Y si no me cree, compare los actuales microprocesadores informáticos con los de hace quince años. O compare su vida con la de un animal, como pueda ser un ratón (por lo general más corta, aunque más movida) o con la de un árbol, por ejemplo un roble (generalmente más larga, pero estática).

Los medios de comunicación, por ejemplo, nos inducen a percibir la realidad de forma diferente a como pensamos que es y de forma distinta a como es, con la imposición de un patrón vertical determinado que solemos tomar como ejemplo. De ahí que digamos cosas tales como: “Esas mujeres sólo existen en las películas”. Conocemos que tal patrón no se ajusta a la realidad, lo que no entiendo es: ¿Por qué lo seguimos?.  De la publicidad mejor no hablar. Dado que por lo general no movemos desde la comodidad y vemos las cosas como una dicotomía (blanco y negro, conmigo o contra mí), tendemos a pensar que un hombre que afirma que miente está diciendo la verdad, y ahí las cuestiones publicitarias y que se les haga caso.

A este respecto puede decirse que la verdad no se encuentra en la cosa. La cosa, como resultado, no es sino el cadáver que queda del proceso dialéctico de la tendencia que lo ha generado donde aparecen y se resuelven los problemas y las contradicciones en la unidad del TODO como “Sujeto Absoluto”.

Es sumamente difícil manejar la cuestión de la verdad (más aún cuando carecemos de un “alethiómetro”), porque como dice un refrán: Cada cabeza es un mundo, y a veces somos tan prepotentes que creemos que solamente nosotros estamos dentro de la verdad al identificarla con lo que erróneamente percibimos.  Esto nos llevará irremediablemente a sufrir un caos de frustraciones personales e interpersonales extensible y doliente. Cuando uno cree que su mera  percepción – sin análisis o respaldo alguno – es la verdad del mundo (la realidad), es cuando nos equivocamos.

Por otro lado, creo que si la unidad más pequeña de la expresión no pueda ser refutada (es decir aplicación del método por inducción de lógica), resultará en una premisa que sea completamente cierta y verdadera. Por ejemplo: Los seres humanos respiran para vivir ergo los seres humanos que respiran viven. Y aunque este es un ejemplo un tanto “así” que no sepamos como son o fueron ciertos hechos, estos hechos no dejan de ser.

Y en este punto me hago la siguiente pregunta: ¿Conocer un hecho implica su existencia o, por contra su no conocimiento implica su no existencia?  Razonado, que no lo conozca no implica que no exista. Yo no conozco a su familia pero eso no implica que usted no la tenga, aunque no me fuera posible demostrar su existencia.

 

Aunque creamos que fueron de una forma (que en realidad fueron así), no tienen por qué serlo como algunos teorizan. Ejemplo de ello, es que aunque existan muchísimas personas que crean que al pentágono le alcanzó un avión no quiere decir que efectivamente fuera así. Si fue un misil, fue un misil, y tanto da lo que esas personas crean. El problema viene cuando no podemos afirmar si fue un misil o un avión. He aquí la variabilidad de la percepción con respecto de la realidad. Y como y para qué fines se suele emplear.

Nietzsche llamó a esto el sujeto interprete. Ya que para él,  el sujeto puede representar la realidad o la verdad de diferentes formas, mediante el arte, la actuación… y que diferentes personas podían interpretar la misma realidad de diferente manera. Es decir que ya no es el sujeto sino son  los que estudian un objeto y cada uno ve la verdad o la realidad de una forma diferente. Un planteamiento muy lógico si no fuera porque nadie corrobora la verdad en el emisor de la misma. Es decir, se especula, se especula y nadie pregunta al autor que quiere expresar.  Eso si no se tiene en cuenta que además se está interpretando una emulación (bastante deficiente, por cierto) de la realidad. Y esto me hace mucha gracia porque la inmensa mayoría de los que abogan por este planteamiento (distintas verdades/realidades) lo hacen en nombre de la ciencia – percibida como relativa – y la inmutabilidad de sus leyes y principios (que son absolutos, claro). Como curiosidad diré que las obras de Nietzsche fueron manipuladas  a propósito por su hermana, que las orientó hacia el nacionalsocialismo. Ahí es nada.

Dicho esto, para no alargar más el asunto (más de 80 páginas escritas sobre el tema) opino que la verdad es una, consistente en la relación entre los hechos y cosas que conforman lo que denominamos realidad siendo que su existencia es independiente del punto de vista del observador no pudiendo ser condicionada por este ya que subyace lo aparente.

Para concluir, a tenor de lo expuesto, podría decirse que dado que la verdad radica en la realidad y que esta es asimilada desde la experiencia, el conocimiento no es sino la acumulación de los diversos grados que la componen. De ahí la importancia de acumularlo y la importancia de la Verdad.