Ars Moriendi

Posted on 15 marzo, 2012 by JPN.
Categories: Colaboraciones, Liberación.

Figura 1.- Ars Moriendi según Joel Peter Witkin.

Continuando con el tema de la muerte (y van dos), me ha resultado curioso de ver como no sabiendo nadie nada acerca del óbito, sus procesos y consecuencias (más allá de las meramente físicas) algunos se han apresurado a dar respuesta a la mayor de las incertidumbres a las que puede enfrentarse el ser humano. Y no es que lo que digan sea falso, no. Nada más lejos de mi pensamiento, sino que “eso” no lo sabemos. Como mucho, lo intuimos. Lo que sucede es que no se sustenta, pero eso es otro tema.

Hoy voy a dar un paso más allá y hablar de una serie de cuestiones que guardan relación con todo lo anterior (con Memento Mori y con Fotografías), pues la muerte es el punto de partida. Cosa que (la muerte), opino, debería de ser el motor de nuestras vidas – y esto entiéndase bien, por favor –  en lugar de un “coco” al que temer.

Hay quien tiene sus esperanzas puestas en una existencia futura. En una vida de ultratumba y en una posterior a ésta que le devolverá al mundo tal cual lo conocemos. Reencarnación, Metempsicosis, Orfismo, y hasta el propio Judaísmo arguyen tal argumento (en la reencarnación el Devachan, en la metempsicosis y el orfismo el Tártaro, en el judaísmo el Gaf, en el budismo tibetano el mundo de los demonios, muy similar al más allá egipcio, ambos aparecidos en libros de similar nombre: “De los Muertos” )1.

Hay otros, esencialmente materialistas – cosa que también se ha de entender bien, que el dinero aquí no juega – aducen que tras la muerte sólo llega la nada. Una nada que, (si se me permite) más que nada es un algo. Ya sea por las teorías termodinámicas – muy acordes con la metempsicosis pitagórica – o por la más moderna cuántica y sus enlaces, esa nada parece ser algo más que eso, convirtiéndose así en un “algo”.

Con independencia de lo que venga – o deje de venir, que tanto da – tras nuestro deceso, lo que es claro es que existe una vida antes de la muerte. Una vida tan corta y escasa que a menudo se derrocha y se malgasta tanto por los que no creen en la existencia del más allá, como por los que en ella creen. Y si bien es cierto que hay quienes no, lo general es que sí.

La brevedad de la vida, considero, debería de ser un aliciente. Esto lo digo porque ante la esperanza del Cielo – que dicho sea no es el Paraíso, que el Paraíso (caso de existir o haberlo hecho), era terrenal y sito entre el Tigris, el Éufrates, el Gión y el Pisón – o de una segunda oportunidad (que habría que ver hasta donde llegan tales segundas oportunidades si nuestro sol engulle nuestro mundo ¡que lo hará!), que suelen denominar con el genérico reencarnación, la vida de la que disponen es arrojada por un sumidero por propia voluntad. Y no me mire a mí como salvo, que yo también tengo lo mío.

Por otra parte, aquellos que no tienen ninguna esperanza – que no soy yo, que lo de la “buena esperanza”, aparte de significar “embarazo”, era un chiste sobre mi propia efigie y lo que esta representa que, por cierto, me favorece (otro chiste) – por ser el infinito lo que nos espera, tampoco es que hagan nada destacable salvo, como he dicho, quemar el tiempo dado (incierto, también, de ahí las preocupaciones del hombre), en fruslerías, nimiedades, tontunas y hasta mediocridades. Y creen que son grandes porque arrojan largas sombras, pero en realidad es su sol el que se pone.

Pero cada uno es cada uno. Y sólo a la hora de la muerte, sabrán que es lo que han hecho o dejado de hacer. Es lo que se llama: “Examen de Conciencia”. Y no me refiero a contarle tus miserias al sacerdote de turno (que en cierto modo ayuda a quedar en gracia que, como se verá, es mas mundana que divina). En tal Examen de Conciencia, cada cual  es tanto su juez  como su propio verdugo, no pudiéndose excusar ni engañar. Se sabe lo que se ha hecho y por qué.

En tiempos remotos – medievales – surgió el Ars Moriendi. Una suerte de manual del buen morir, aunque bajo una perspectiva cristiana. Cosa que no era nueva y que retomaba tradiciones antiguas como la griega clásica, la egipciaca y otras tantas que básicamente eran fundidos de las unas con las otras y de un más que probable conocimiento anterior, más exacto.

El Ars Moriendi se presenta como un instrumento que intenta sosegar al aspirante (a cadáver, se entiende), ante la incertidumbre del fallecimiento y la posibilidad de no existencia tras la muerte.

Es decir, tanto si había una vida de ultratumba (cosa creída y asimilada), como si no, el “paciente” – y perdonen este otro nuevo chiste – moría tranquilo y en paz. Por lo menos, en la inmensa mayoría de los casos. Ya que en última estancia, el Ars Moriendi podía ser empleado para anatema de condenación eterna (y no me refiero, precisamente al tan manido Infierno). Esto acabó siendo la extrema unción y el conocido examen de conciencia (en minúscula, por supuesto), de la archiconocida religión católica.

Por suerte o por desgracia, he asistido a bastantes de estos “transistos” y he visto cosas ciertamente curiosas.

Si realmente el Cielo y el Infierno existen, estos no son más que un cúmulo de sensaciones a la hora de morir.

He visto personas que morían despidiéndose de  sus familiares de una forma plácida y calma. De hecho (aunque esto no lo he visto “in situ”) hay quien muere el día y la hora que estiman oportuno. No es broma. Esto sudece y está documentado.

Estas personas de las que vengo hablando mueren satisfechas, contentas consigo mismas, de una forma que no puedo expresar sino como estado de santidad (con independencia de lo que quiera que “santo” signifique). O más correctamente, ahora que reflexiono, en estado de gracia. Su efigie es digna de verse y hasta de contarse, pues después del deceso conservan una indudable expresión de felicidad en el rostro. Murieron sin terror. Su faz así nos lo cuenta (y no me refiero al “rictus” que después de muerto, un tiempo después, contrae los labios a modo de sonrisa; me refiero a cuando el cuerpo todavía está caliente).

Por otro lado, he visto a otros que me han erizado el vello – cosa harto difícil, pues soy persona que no se arredra – a base de desesperación, o quizás de empatía. Desesperación ésta que es producto de ser conscientes, tras el Examen de Conciencia, del fin del tiempo dado. Mueren aferrándose a las sábanas que los cubren, como si aquella argucia fuera a evitar lo inevitable. Su rostro nos muestra que mueren aterrados, arrepentidos y disconformes. Tan preocupados de  si mismos que no reparan en el cuadro que están dando y cómo afecta y afectará a los presentes. Una experiencia que no atino a definir. Pero que si alguna vez la experimentan, avisarles que no les dejará indiferentes. No me extraña que estas personas fueran propuestas como candidatos a vampiros, o se diga – de lo que hablaré en una ocasión posterior – que son errantes descarnados apegados a lo que ya no pertenecen (y ahí la condenación eterna de la que les hablaba, que usted, en su maldad, bien entenderá). Y por el mismo motivo, no me extraña en absoluto que la pena mayor, en tiempos de los egipcios, era borrar el nombre del finado de cualquier registro en el que estuviera inscrito. Como si no hubiese existido. De hecho he asistido a funerales en los que se la gente iba para comprobar que el finado realmente estaba muerto y asegurarse que lo enterrasen boca abajo, para que en caso de despertar (por encontrarse en estado catatónico en lugar de muerto), se hundiese cada vez más a medida que escarbase. Y creánme que en algunos pueblos esto se sentencia: “Ese ha de morir rabiando y lo tienen que enterrar boca abajo”.

Por estas razones, y otras más metafísicas – y hasta metapsíquicas – es que se desarrolló el Ars Moriendi. De hecho el panegírico de las exequias no es sino una suerte de Ars Moriendi, a posteriori, donde se ensalzan las virtudes (muchas veces cosas obvias del tipo: “amigo de sus amigos”, como si pudiera ser uno enemigo de sus amigos) y cuestiones sobre la vida y obra del muerto. No vaya a ser que aunque no se pueda mover, como cuando uno duerme, sí que nos esté oyendo.

Que sienta, si estuviera descarnado entre los asistentes al funeral, que no será olvidado. Por lo menos no de una manera pronta. Que tuvo valía y que se le apreció. Y que no dejó cabo suelto en su vida. Aunque por lo general, ya digo, que el panegírico suele ser una retahíla de hechos generales, que digamos se paga para disfrazar el siniestro hecho de no existir persona alguna que pueda hablar a favor del muerto (generalmente aduciendo dolor o desconocimiento, algo vergonzoso), siendo, generalmente un cura – que ni siquiera lo vio de otra manera que no fuera con el “pijama” de madera – el que hace esta labor. Por lo menos en España, que en EEUU es un tinglado bien organizado y con profesionales panegiristas.

Como en la ocasión anterior, voy a cortar aquí para, en lo venidero, seguir hablando de otros puntos relacionados con la muerte. Que el tema es largo, por ramificarse a medida que se avanza en su estudio. Varios artículos seguirán a este.

Ruego paciencia, pues al escribir artículos largos recibo quejas (aburren), al escribirlos cortos las recibo también (no lo digo todo). Y dado que parece ser que nunca llueve a gusto de todos, me montaré en la borrica según estime oportuno – estoy aludiendo a una parábola bíblica y a una fábula tradicional, no se piensen cosas raras – por lo que reitero la petición de paciencia. Pues como la muerte, todo llega.

1 Que en realidad no es así sino que el libro de los muertos tibetano es el “Bardo”, o más concretamente los “Bardos”, y el libro de los muertos egipcio no es un libro, sino un conjunto de inscripciones en piedra, pergaminos y policromías varias que versan sobre el tránsito del alma hacia el mundo de los difuntos.